Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación

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Una llamada
Una llamada
 ¿Cuántas llamadas recibimos a lo largo del día? ¡un montón! Llamadas de atención por la calle, llamadas de teléfono, email, correo postal, chat, sms, whatsapp… realmente un montón. Todas son llamadas pero no todas son iguales ni tienen la misma importancia. Vocación proviene de la palabra “vocare” que significa “llamar”. Una llamada es el acto y efecto de llamar, es decir, alguien nos interpela o llama nuestra atención. En este sentido podemos decir que diariamente y a lo largo de nuestra vida recibimos numerosas llamadas. Cuando el que llama es Dios estamos hablando de una llamada diferente y la podemos denominar vocación. Hablar de vocación es hablar de relación entre dos personas y de encuentro entre Dios y la persona. La vocación es una llamada de Dios para algo, viene implícito el proyecto. Esta llamada no se percibe tan directamente como se perciben las llamadas de otras personas. Pero a nuestro alrededor hay muchos elementos y personas que e-vocan y pro-vocan para que podamos descubrir a qué nos está llamando Dios y cuál es nuestra vocación concreta.

Todos recibimos tres llamadas de Dios fundamentales a lo largo de nuestra vida:

-  Llamada a la vida: cada persona es llamada a la vida y al venir a la vida, lleva y encuentra en sí la imagen de Aquél que le ha llamado. La vocación a la vida es la propuesta de Dios a realizarse según esta imagen. Toda criatura es llamada a manifestar un aspecto particular del misterio de Dios. Ahí encuentra su nombre y su identidad; afirma su libertad y su originalidad. A la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, se le abre un horizonte de diálogo y relación constante con su Creador. ¿Qué hacer cuando se es consciente de esta llamada la vida? Acoger la vida, agradecer la vida y escuchar al Dios de la Vida. Vivir con agradecimiento y disponibilidad la propia existencia.

- Llamada al seguimiento:  Jesucristo es el Hijo de Dios enviado por el Padre para la salvación del mundo. La vida de Jesús es una respuesta al encargo del Padre. Jesús a lo largo de su ministerio llama al seguimiento y a la salvación. Realiza llamadas concretas a los Doce, a Pablo de Tarso y también a ti. La llamada al seguimiento es una invitación a vivir una relación personal e intransferible con Jesús, a ser otros “cristos” en nuestro mundo actual. Esta llamada siempre procede de Dios, y como todo lo de Dios, es gratuita y libre. La persona puede elegir seguir a Jesús o no, caminar toda la vida cogido de su mano o ir por libre. Aquel que es llamado se siente indigno, incapaz, superado por la llamada; de tal manera que se le pide que dé un paso en la fe, apoyado sólo en la confianza en Dios y en su libertad propia. La vocación cristiana es un camino de abandono y confianza en Aquel que llama a seguirle y vivir como El.

- Llamada única y particular:  La elección es una de las categorías fundamentales que recorre la historia de Israel y de la salvación. Podemos pensar en la llamada o vocación de Abrahán, Moisés, Isaías, Jeremías... El pueblo de Israel se considera el pueblo elegido y llamado a vivir en alianza con Yavé. La llamada particular supone la actuación de Dios, es una bendición sobre una persona, pero también incluye una misión a favor de otros. Todo cristiano tiene vocación específica, recibe una llamada única y particular: matrimonio, vida consagrada, sacerdocio, laico comprometido, misionero, vida contemplativa… Una vocación que ha de indagar a la luz de lo que el Espíritu le vaya indicando. Una vocación que es personal y que aporta un colorido singular a la vivencia del Evangelio.  

“Las vocaciones particulares poseen una importancia especial para la Iglesia. La Iglesia, como pueblo y comunidad vocacional es llamada a testimoniar a Cristo. Y cada vocación en la Iglesia se polariza en torno a un aspecto central y destacado de la figura de Jesús, de la que se convierte en memoria viva, de tal manera que la Iglesia en su conjunto pueda realizar esta misión.

La Iglesia vive de la complementariedad de las diversas vocaciones específicas y las necesita” (cf. 1Cor 12). Dios nos ha regalado la vida a todos y nuestra vida tiene un sentido, un para qué… es reto de cada uno buscar el sentido, escuchar la llamada, estar atentos a los signos que nos llegan de nuestro mundo, de ciertas personas y situaciones… Dios nos habla al corazón a través de ellas y de su Palabra. Está en nuestras manos responder y vivir disponibles. Toda llamada requiere una respuesta ¿ya has dado la tuya?
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Una joven como tú y como yo....
Una joven como tú y como yo....
Mª Rosa Molas y Vallvé nació en la ciudad de Reus (Tarragona)el día 24 de marzo de 1815. Es bautizada al día siguiente porque tiene poca salud, recibe los nombres de Rosa Francisca María de los Dolores. En casa siempre será conocida como Dolores o familiarmente Doloretes. Sus padres son José Molas, natural de Barcelona y de oficio hojalatero y María Vallvé, casada con éste en segundas nupcias, y con dos niños del primer matrimonio: Antón y María Ros Vallvé. Gente sencilla, trabajadora y muy piadosa, vivían honestamente del taller. La casa se caracterizaba por el calor de hogar. Se respiraba amor auténtico, fe cierta, esperanza siempre puesta en el Señor. Eran una familia cristiana que en la ciudad reusense todos admiraban por su honradez y piedad. El trabajo en el taller o en casa no impedía la asistencia diaria a Misa, la frecuencia de los sacramentos y las visitas a la Virgen. A los diez años Mª Rosa sintió el deseo de tomar la Primera Comunión. Pero en Reus la costumbre era de realizarla a los doce años. Dada la preparación de Dolores, el párroco le concedió el anticipo. La Confirmación la había recibido en el 1819, cuando apenas tenía cuatro años. Maduraba su personalidad en la familia y en la escuela, adquiriendo las condiciones de fe que le permitieron ver claro el proyecto que Dios había pensado para ella.Una huella importante en su vida la imprimió el Padre franciscano Pedro Pablo Salvador.

Con su estilo sencillo y fraterno acompañó su discernimiento vocacional. Cumplidos los dieciséis años Dolores comunicó a su padre el propósito de ser religiosa. El padre se opone y le prohíbe realizar otra vez la petición. Dolores entendió que era inútil forzar la voluntad de su padre. Prefirió ser paciente y crecer en humildad y amor, permaneciendo en casa, y comprometiéndose en la familia y en la parroquia. Intensificó su oración y su participación en la Eucaristía y cada domingo se acercaba al Hospital para curar a los enfermos. Y fue precisamente curando a los enfermos, que su madre, María Vallvé, murió víctima del cólera. Esta pérdida fue muy dolorosa para la joven Dolores, ya que con ella aparecerían nuevos obstáculos para la realización de su sueño, su vocación de religiosa. Dolores creció en fortaleza y humildad.

El 6 de enero de 1841 decidió dar respuesta a la llamada de Dios y salió secretamente de casa y para entrar en el Hospital de Reus. Dejó detrás de ella, a su padre viudo, atendido por su hermanastro Antón y su mujer Rosa y rodeado del cariño de 7 nietos. Al día siguiente vistió el hábito de la Corporación. Tomó el nombre de sor Mª Rosa. Del 1841 al 1849 permaneció en Reus, primero encargada del cuidado de los enfermos después en la Casa de Caridad, como responsable de las niñas.

El 18 de marzo de 1849 fue enviada como superiora a la casa de Misericordia de Jesús - Tortosa (Tarragona) con cuatro hermanas. Algún mes después abrió una escuela para los niños pobres. En 1851 le fue confiada por el Ayuntamiento de Tortosa, una escuela pública para niñas y en el 1852 el Hospital de la cuidad. La evolución de la cultura y de las instancias pedagógicas empujaron a Mª Rosa a conseguir el título de Maestra. Tenía 36 años. Mª Rosa, sin dejar sus empeños de caridad, se dedicó con pasión a los estudios pidiendo ayuda para alguna materia al señor contable de la Casa de Misericordia. Pero una grave calumnia golpeó su persona. Algunas hermanas propagaron un acusador murmullo al observar que Mª Rosa pasaba mucho tiempo a solas con el señor contable, murmullo que ponía en entredicho su vida de castidad. Pero ésta siguió adelante y obtuvo el título de Maestra en la Normal de Tarragona en 1852. Otro sufrimiento se añade al precedente. Fue cuando descubrió que la Corporación no era una verdadera congregación religiosa, ya que las hermanas de Reus eran independientes de las Hijas de la Caridad desde 1838. El golpe fue terrible. Intentó con todas sus fuerzas hacer recapacitar a las hermanas de Reus pero éstas en lugar de seguir sus consejos y sus propuestas, la marginaron.

Mª Rosa se confió totalmente a Dios porque sólo Él podía indicarle el camino a seguir para estar en perfecta comunión con la Iglesia. Después de haber consultado a las hermanas de Tortosa, el 14 de marzo de 1857 envió al vicario capitular de la Diócesis, D. Ángelo Sancho, una petición firmada por ella y por las once hermanas de Tortosa. En ella expresaban el deseo de ser admitidas bajo la autoridad eclesiástica. El 6 de abril fueron acogidas por el Obispo de Tortosa.

El 14 de noviembre de 1858 la congregación recibe el nombre de Nuestra Señora de la Consolación. Para las hermanas era un deber: consolar a todos aquellos que viven en situación de sufrimiento. Las autoridades municipales de Tarragona y Castellón pidieron a Mª Rosa que se ocupara del servicio a los pobres y enfermos de sus ciudades. Del 1859 al 1876 Mª Rosa fundó otras diecisiete casas, entre escuelas, hospitales y casas de acogida para los pobres. La poca salud y la enfermedad fueron las compañeras de su vida y murió el 11 de junio de 1876. La heroicidad de sus virtudes fue reconocida el 4 de octubre de 1974 por Pablo VI, que la proclamó Beata el 8 de mayo de 1977. En 1988, 11 de junio, es proclamada Santa por Juan Pablo II.
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