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Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación
Santidad

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Hermanas Mártires


En la monotonía de «los trabajos y los días», nos encontramos con dos Hermanas de la Consolación cuyo «sí» diario culminó en una respuesta heroica a Jesucristo en amor y en fe: Eufrosina Pachés y Fernandina Besalduch. Dos vidas unidas por unos vínculos muy fuertes: región de origen, vocación consoladora y martirio.

Llegan a la vida en la provincia de Castellón, esa tierra de vieja historia, donde el hombre empalma con raíces profundas de tradición y fe. Tierra que se perfila con rasgos peculiares y variados matices. Tierra donde armonizan su existencia naranjos y olivos, arroz y vid, algarrobo y almendro, alfalfa y rosales. Y, en esa tierra, Eufrosina, que nace en Castellón, y Fernandina, en Cervera del Maestre.
En plena juventud, en la ventana del alma, una voz que invita, seduce, y llama: «¡Sígueme!» y entregaron sus vidas para «amar y hacer amar a Jesucristo y servirle en los pobres», como Hermanas de la Consolación. La vocación las unió.

Y las unió el martirio. En el Castellón turbulento de 1936, en pleno verano —meses de agosto y septiembre— en la carretera de Benicasim quedaron sus cuerpos.

Mártires
Hacia el martirio. Burriana 1936. Año preñado de interrogantes e inquietudes. La situación nacional se presenta tensa. Las hermanas del Colegio, donde está Fernandina, tienen que salir de su comunidad. Enfrente está la vivienda de los Enrique Planelles y los Enrique Tarancón. A estas dos familias pasan a dormir por las noches las hermanas de la comunidad del Colegio, como lugar más seguro, cuando la situación se agravó. Allí está refugiada Fernandina que había quedado encargada de recoger y salvar las últimas cosas de comunidad. Llegó el día 13 de agosto. Fernandina, vestida de seglar, salía acompañada de don Juan Bautista Enrique, primo hermano del futuro Cardenal Tarancón, en dirección a Castellón. Desde San Mateo, Benjamín Jovaní, en compañía de su hermana Amparo, iban en su carro a recogerlos. Desde allí acercarían a Fernandina a su pueblo natal.Pero en Castellón son reconocidos. «¡Un fraile y una monja!», grita un grupo de mujeres. Son detenidos y conducidos al Palacio del Obispo. A Fernandina le abren la maleta. Lleva un crucifijo, un rosario y algunos libros de piedad. Le preguntan si es religiosa. y responde: «Sí, soy religiosa, pero este señor es padre de familia y trabajador. ¡Déjenlo marchar!». Detienen a Fernandina por ser religiosa y se la llevan hacia Benicasim.

Benjamín Jovaní y su hermana Amparo, quedan detenidos un rato en plena carretera, para que presencien el fusilamiento de Fernandina, junto a la cuneta, en una viña, propiedad de un señor apodado «El Sucrer»: «Le dispararon y cayó al suelo en la cuneta. Pero no murió en el acto. Ella se quejaba y uno de los milicianos dijo: '¡Tápale la cara que ésta nos embruja-rá!'. Le taparon la cara y se pusieron a comer uva tranquilamente. Después le dieron algún tiro más para matarla».

Era el 13 de agosto de 1936. Fernandina tenía 44 años. Ofrecía al Señor su vida en la plenitud de sus capacidades. No era éste su final. Era el advenimiento de su Dios y Señor, que recibía su vida para poseerla plenamente y al caer su cuerpo en tierra, estaba llegando al Puerto. Entraba en el banquete de su Señor como virgen prudente: Con la lámpara encendida.

Eufrosina Pachés y Fernandina Besalduch entrar a formar parte de esa nube de testigos que nos han precedido. Testigos de nuestra esperanza en los surcos de la consolación.

Texto: María Esperanza Casaus
Eufrosina Pachés
Eufrosina Pachés, mujer valiente, austera, libre para Dios y disponible en el servicio a los hermanos, la encontramos con los enfermos a lo largo y ancho de 43 año, en la Beneficencia de Castellón y en la Casa de Huérfanos de esta ciudad, en el Asilo-Hospital de Benicarló y en el Hospital de Villarreal. Pobre y humilde hermana de la Consolación, entre los pobres y humildes del Señor, necesitados de sus cuidados, sus servicios, su bondad, su gesto consolador. Cuando llega a Villarreal, su último destino, ha cruzado ya la raya de los sesenta. Es una mujer de experiencia y de virtud probada.

Villarreal, la «hermosa y amenísima villa» en pluma de Cervantes, pasará desde el 1º de mayo de 1936, diez largos meses de terror. Es el 27 de julio de 1936: «La del Hospital, hoy precisamente, se cerró al culto. Ha sido despojado de sus derechos de Capellán del Santo Hospital […]Han sido también despojadas las Hermanas de la Consolación de sus derechos de enfermeras y, recogiendo cada cual lo suyo, fueron despedidas del Santo Hospital» Tiene que salir de Villarreal.

Eufrosina y su hermano Carmelo (carmelita descalzo) dejan sus respectivas comunidades, refugiándose en Castellón, en casa de su hermana Carmen. Regresan al hogar paterno. Viven juntos un largo mes de inquietudes y sufrimientos que culminarán con el martirio. ¡Cuántas horas para compartir…! Hablaron, oraron, sufrieron juntos.

Y llegó el día 5 de septiembre. Eran, aproximadamente las 7 de la tarde. Los milicianos requieren a padre Carmelo, sacándole violentamente de su casa. Eufrosina, en un gesto de valentía y de fe, porfía en acompañar a su hermano: «¡Yo voy contigo!», le dice. Y a los milicianos: «Si se llevan a mi hermano para matarlo, ¡llévenme a mí también!». Asombrados e incrédulos, oyeron los milicianos a aquella mujer. Le hicieron caso y la apresaron.

Bajaron juntos la escalera de casa. Ya no volverán. Un ¡adiós! salido del alma, y ¡Hasta el cielo! era la despedida a los suyos. Juntos subieron al auto de la muerte, una furgoneta, que se dirigió al Palacio Episcopal. Formalizados los requisitos para justificar lo injustificable, permanecieron algunas horas. Era lógico: había que esperar a la noche para la ejecución.

La tarde del 5 de septiembre se vestía ya con las sombras de la noche. Un coche partía rumbo a la Carretera Real. En el coche, Carmelo y Eufrosina. Sus rostros, serenos. Cerrados los ojos para mirar adentro. Dios con ellos, compañía y fortaleza. Ofertorio de una vida en el silencio de la noche, en la oscuridad de la noche, que se abrirá a la Luz del Día sin ocaso.

En plena Carretera de Castellón a Benicasim, aproximadamente en el kilómetro 9, en el Barranco de la Parreta, juntos Carmelo y Eufrosina, «como cogidos de la mano», son fusilados por ser religiosos. Eran las 11 de la noche del 5 de septiembre de 1936. Desde esa hora sus cuerpos cayeron en la tierra, pero ellos estaban para siempre en el regazo de Dios.
Fernandina Besalduch
Fernandina Besalduch, también decide su vocación: será Hermana de la Consolación. Su vida pertenece por completo al Señor que, a través de la Congregación, le confía su misión evangelizadora en el campo de la educación cristiana de las niñas. Y, en el Colegio de Burriana, pasará catorce años como educadora. Vocación consoladora, como gracia y tarea.

Levantamos acta de su talla como mujer consagrada. Trazó una línea de existencia cimentada en la fe, la esperanza y el amor. Mujer de recia vida teologal hará de la oración su arma. Es la hermana sencilla, trabajadora incansable y entusiasta, que se hace ejemplo, testimonio por su disponi-bilidad total a Dios y a sus hermanos. Aunque ejerce su misión en el campo de la formación cristiana de las niñas, está disponible para todo. Saben que pueden contar con ella. Y es que Fernandina, una mujer con alma de evangelio.

Fernandina se nos presenta con una rica personalidad, con los rasgos de energía y bondad como más sobresalientes. Como educadora están sus huellas vivas en quienes pasaron por su clase en el Colegio de la Consolación de Burriana: excelente parvulista con verdadera pasión por sus niños. «Con ella inicié mis pasos hacia Dios», nos dicen sus alumnos.