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Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación
Identidad

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Carisma / Espiritualidad

Un carisma es un don de Dios a la Iglesia para el mundo. Una forma que, a través de las personas que lo reciben, tiene Dios de regalarse a sí mismo, mediante alguna de sus facetas divinas. El carisma que recibió María Rosa Molas y su familia es el de consolar

"¿Buscamos el carisma propio de María Rosa Molas? Lo encontramos ahí. No únicamente para dar algo, sino para darse sí misma en el amor, y sólo así poder dar el don precioso de una completa entrega en la misericordia y en el consuelo a quien lo buscaba o a quien, aún sin saberlo, lo necesitaba." (Pablo VI, Homilía de la Beatificación, 11- 12- 1977)

"Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor" (Is 40, 1)

María Rosa experimenta en sí misma las pruebas y avatares de la vida, en una dinámica de desolación-consolación. Su época es dura: guerras, hambre, injusticias, persecuciones, soledad, marginación… En su historia personal hay dolor y confusión: la negativa de su padre a que sea religiosa, la muerte de su madre, la persecución política a los franciscanos, que le orientan en su deseo de seguir a Jesús… En el sufrimiento, la incertidumbre, la duda… Dios se le manifiesta como el "Dios de toda consolación" (2 Cor 1, 3). El desconsuelo humano abre su corazón a la dimensión consoladora de Dios: "como una madre consuela a su niño así os consolaré Yo" (Is 66, 13-15).
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Consolar es hablar al corazón de la persona. Consolar es mucho más que aliviar las penas. El mayor consuelo es la certeza del amor infinito que Dios nos tiene, un amor que penetra lo más profundo de nuestro ser… Ante esta verdad, tantas cosas que nos ocupan y preocupan son pequeñeces.

En su profunda vivencia y contemplación del significado de la cruz de Cristo, se halla la clave del carisma que el Espíritu le infunde. Por eso exclama: "En el Calvario a los pies de la cruz se halla todo consuelo y alivio". En Cristo, crucificado y resucitado, se condensa el misterio de la consolación divina. Morir en la cruz y vencer a la muerte por amor es la máxima expresión de amor… Centralidad evangélica de la vida de María Rosa, que aparece también en la bienaventuranza de Mt 5, 5, "felices los que lloran porque ellos serán consolados", y en las palabras de Jesús, "venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso" (Mt 11, 28).

"Yo soy tu consolador" (Is 51, 12)… María Rosa, iluminada por la experiencia de Cristo Consolador, "manantial y modelo de toda caridad y consuelo", sigue los pasos de su Señor y convierte su vida en puente que lleve el Dios Consolación… "ganar sus corazones para Cristo". Pone todo su ser al servicio de la misión: "Quiero sacrificar mi vida por amor al enfermo y desvalido".
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Consolar es comunicar y dar a conocer el amor de Dios. Los que hemos recibido este carisma, estamos llamados a ofrecer a los demás la consolación de Dios. Buscando a Dios y llenándonos de Él, estamos invitados a ser instrumentos y cauces de su amor.

En tiempos de María Rosa la gente sufría marginación, soledad, injusticia, tristeza… y Dios llama a María Rosa para que sea "instrumento de su consolación". En nuestro siglo la humanidad continúa herida, muchos hombres y mujeres en todas las latitudes sufren dolor y desconsuelos de todo tipo… También hoy sigue Dios llamando a personas concretas para que sean portadoras de sentido, esperanza y verdadera consolación. Así, el carisma de la Consolación sigue vivo en la Iglesia gracias a quienes, alrededor del mundo, se ponen humildemente en las manos de Dios y son instrumentos de su consuelo.
UN AYER, UN HOY Y UN MAÑANA, NUESTRO SER CONSOLACIÓN
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