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PRIMEROS PASOS DE NUESTRA HISTORIA PDF Imprimir E-mail




El encuentro con la Historia de las Hnas. de la Consolación nos evoca el texto del Éxodo: vió que la zarza estaba ardiendo, pero que no se consumía ... quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada (Ex 3,2b.5). En «el Padre de las misericordias y Dios de toda consolación», está el origen de nuestra historia. María, bajo cuya advocación consoladora está puesto el Instituto, guía los pasos de las hermanas desde el nacimiento de la Congregación. María Rosa Molas, inicia en pleno siglo xix esta historia, bajo el impulso del Espíritu de Dios. Y las hermanas, a lo largo del tiempo, han hecho una andadura de amor a Jesucristo, «sirviéndole en sus pobres».

Esta historia ensancha horizontes, da espesor al carisma y nos desvela la vitalidad del Instituto. Sobre un fondo de espacio y tiempo encontramos páginas de vida, de luz, de gracia, de evangelio y de consolación: ¡Vamos a descalzarnos...!

Está en marcha la rueda de la historia. Es el 14 de marzo de 1857. María Rosa Molas da el primer paso fundacional y nace la Congregación buscando como Madre a la Iglesia. La primera página de nuestra historia lleva el sello del amor a la Iglesia. Y el 14 de noviembre de 1858, recibe el Instituto el nombre de Hermanas de Ntra. Sra. de la Consolación. Nombre con el que somos conocidas en la Iglesia y en el mundo.

 

 

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Dividimos la historia de la Congregación en cuatro etapas definidas:

  • 1ª etapa: Época fundacional que va de 1857 a 1876. Corta en el tiempo, pero decisiva. Se configura la identidad carismática de la Congregación, que se extiende por la diócesis de Tortosa. Son los años de la Madre.

  • 2ª etapa: La Congregación vive dentro de España, más allá de la diócesis de Tortosa, donde nació. Va de 1876 hasta 1924.

  • 3ª etapa: Las Hijas de María Rosa llegan a Venezuela, Argentina, Brasil, Italia, Bélgica, Portugal. Cronológicamente, de 1924 a 1973.

  • 4ª etapa: Se amplía el campo apostólico de la Congregación, llegando en Europa, a Eslovaquia. En Asía, a Corea del Sur. En África, a Burkina Faso, Mozambique y Togo. En América, a Chile, Ecuador, México y Bolivia. Es la Consolación con raíces universales. Una mayor luz está entrando por los ventanales del Instituto. Luz que viene del Espíritu de Jesús: «seréis mis testigos hasta los confines del mundo». Testigos de Cristo Consolador.

Hemos llegado en nuestro recorrido histórico hasta hoy. Pero la Historia de la Consolación en el mundo sigue. Se ensanchan lonas, se ahondan profundidades y se conquistan cimas más altas. Sería triste que hubiera llegado el momento de no poder ensanchar las lonas de nuestra tienda. Como triste y solitario llegar a una cumbre y sentir que toda la altura es nuestra. Como triste, hueca y vacía la soledad de los abismos que ya no pueden ser más profundos. La Consolación sigue sintiendo que su mirada se dilata en horizontes nuevos y que hay un más allá a sus esperanzas por la extensión del Reino.

Y miramos en profundidad esta historia.

Una historia que discurre al ritmo de la vida. Porque la Consolación es algo más que una palabra, una idea, un valor. Es una realidad dotada de mensaje, que sigue fijando su mirada en esa ladera humano-cristiana del acontecer diario, hecho de misericordia y consolación hacia los más necesitados de nuestros hermanos, con formas diversas de las que tuvo ayer, porque el ser de la Consolación está en el «tiempo de la Iglesia».

La Consolación, que quedó plasmada de un trazo por obra del Espíritu, en la mujer que fue Santa María Rosa Molas, es la Consolación que está y estará en un devenir constante. En proyecto, en camino, buscando a Dios y al hombre necesitado de la consolación de Dios por los senderos del mundo. Porque Dios la talló a su imagen en el rostro más triste, en el corazón más dolorido, en la mente que busca o en el alma con sed. Y la Consolación sigue sintiendo el escarpelo y el buril de Dios en los entresijos de su ser.


Texto: María Esperanza Casaus

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CONSOLAD, CONSOLAD A MI PUEBLO PDF Imprimir E-mail

Nos acercamos al carisma de las Hermanas de la Consolación.Y buscamos, entre las nieblas de los siglos, un punto de luz. Es un pasaje de Isaías, maravilloso como todo este libro sagrado: «¡Consolad, consolad a mi pueblo!, dice vuestro Dios» (Is 40,1)

Esta voz tomó cuerpo en boca del profeta. Y el profeta «habló al corazón del hombre», le recordó una alianza de misericordia y preparó el camino para la llegada de Yahvé. «Hablar al corazón», para que sea Yahvé el que hable. «Trazar en la estepa una calzada recta», para cuando Él llegue. Esta fue la misión del profeta de la consolación de Dios. Y el heraldo, subido a una montaña alta, clamó con voz poderosa: «¡Ahí viene el Señor Yahvé!». Y la voz seguía resonando en el mundo: «Yo, yo soy tu Consolador». «Te consolará Aquel que te dio nombre». «Como uno a quien su madre consuela así os consolaré yo y en Jerusalén seréis consolados.



La voz del heraldo atravesó la historia y se hizo realidad en Jesús, «el gran Consolador». Cruzó los caminos de la tierra. Pobreza y miseria, dolor y angustia en ellos. Enjugó toda lágrima y las recogió en el odre de su corazón de Dios. A su paso se cumplieron las palabras de la vieja esperanza: curó, animó, perdonó, consoló… Y Jesús se subió a un pequeño monte y llamó «bienaventurados a los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia y a los que lloran, porque serán consolados». Muchos siglos después, María Rosa Molas, escuchó estas palabras en el hondón del alma. Y parece que hoy, como ayer, nos dice que consolar es caminar sobre las huellas calientes de Jesús, como memoria religiosa que llega hasta las vidas de los hombres. Es repetir sus gestos y palabras, enjugar toda lágrima, llevarle el mensaje consolador de que Dios es Padre y nos ama. Es hacer nuestros los sentimientos de Jesús, que nos dejó, en las páginas del evangelio, un camino de consolación. María Rosa Molas marcó un estilo en ese camino de consolación. Y consolar es: Preparar el camino a Dios, pero sabiendo que es Él mismo quien traza los caminos en las soledades del desierto de la vida y en las soledades del corazón del hombre. «Hablar al corazón» del hombre en nombre de Dios. Colaborar con Dios en cada hora de la historia, desde actitudes de bondad, amor, sencillez y servicio desinteresado y comprometido.

El camino de la consolación nace donde brota el hontanar del amor de Dios al hombre. Camino que podemos hacer cada día «al andar». Camino sencillo, que espera los pasos de itinerantes comprometidos. Camino que, a lo largo y ancho, nos lleva a hacer realidad el deseo de Dios: «¡Consolad, consolad a mi pueblo!». Desde la misericordia de Dios bebida en su fuente, el carisma consolador nos llama: A descubrir al hombre en sus limitaciones y en su dignidad, en sus aspiraciones y en su misterio de hijo de Dios. A salir por los caminos del mundo, buscando a «los que lloran», a los cojos-mancos-lisiados de los nuevos tiempos. Todo ello es realizado y realizable desde la misma vida de Dios en nosotros. Vida de Dios que llega, cada día a nuestra existencia, como la gran aventura del amor y se hace consola­ción.

A llevar a cualquier persona que nos necesite, un reflejo del rostro materno de Dios. A ser un grito de esperanza para todos los que sufren, para todos los que esperan… A llevarles, sea cual sea su edad, condición social, enfermedad o pobreza, el servicio que necesitan. Que con el testimonio de nuestra vida les hablemos de un Dios que es amor, porque el grito de Dios: «¡Consolad, consolad a mi pueblo!», ha calado en nuestro corazón.

Consolar es sentir la urgencia de poner en pie los valores del evangelio y derramar la única palabra y el único gesto: la consolación de Dios al hombre, con un «plus» de humanidad, acercándonos a los pobres de hoy, los que, tal vez, viven sin Dios. Sembrando bondad, con amor, fe y esperanza… podemos ser transparencia del «Dios de toda consolación». Porque nos dice Juan Pablo II: «Nuestro mundo necesita la consolación de Dios; esta hora necesita profetas que hablen al corazón del hombre».


Texto: María Esperanza Casaus

 


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