| SANTA Mª ROSA MOLAS Y VALLVÉ |
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En este pórtico de entrada, la figura de María Rosa Molas. Su silueta, acortando distancias. Dilatado el espacio en que ella vive, anclada en su generación y vinculada a la historia decimonónica de España.Para conocerla hay que abandonar lo decorativo. Pisar su propio clima ambiental, para no crear una figura imaginaria sin consistencia. Acercarnos a esa «mujer, hija de su tierra y de su siglo, nunca de espaldas a la gente pobre hambrienta de consolación». Verla así, un día y otro, conjugando santidad y humanismo y descubrir la rica personalidad de esta mujer, que Dios eligió, para llevar a los más necesitados su consolación. En un intento de síntesis, trazamos su biografía.
¿QUIÉN ES MARÍA ROSA MOLAS? Nace en Reus el 24 de marzo de 1815, Jueves santo. Al día siguiente recibe, en las aguas bautismales, los nombres de Rosa Francisca María de los Dolores. En casa la llamarán Dolores o con el diminutivo catalán de Doloretes. Sus padres son José Molas, natural de Barcelona, y María Vallvé, de Reus. Sus hermanos, Antón y María, hijos del primer matrimonio de su madre. Y José, hijo —como ella— del segundo matrimonio. Un hogar de artesanos acomodados, donde la fe, la honradez, el amor, el trabajo y las sólidas virtudes cristianas serán el clima que respirarán los hijos. Y entre este hogar y la escuela transcurre su niñez y adolescencia. A los dieciséis años, Dolores siente la llamada de Dios. Quiere consagrarse «totalmente al Señor y al consuelo y alivio del necesitado». Pero, su padre, un cristiano fervoroso, no comprende la vocación de su hija y un «¡no!» rotundo es la respuesta. Dolores esperará diez años. Comprende que lo más importante que tiene que hacer en la vida es la voluntad de Dios, que se le manifiesta en la negativa paterna. Tendrá que esperar. Hasta una tarde de Reyes de 1841, en que deja sigilosamente la casa paterna y marcha al Hospital de Reus para hacerse religiosa. Al frente de este Hospital está la llamada «Corporación de Caridad». Al día siguiente la encontramos en una sala de enfermos con el hábito de las Hijas de la Caridad y un nombre nuevo. Ahora es sor María Rosa. Nos dicen que durante su estancia en el Hospital «no había vacío que su caridad no llenase». Pasa después a la Casa de Caridad en la misma ciudad, para hacerse cargo de una clase de niñas y llevar la dirección del Colegio de señoritas, donde «penetró como ángel de alegría y buen consejo». Y de Reus a Tortosa. El 18 de marzo de 1849 se hace cargo de la Casa de Misericordia del Jesús, que atraviesa un momento lamentable. A esta delicada misión va como superiora, al frente de cuatro hermanas.¿Qué se encuentran? Un cóctel de desgraciados y un panorama impresionante. Pero enseguida hay un cambio radical: los asilados encuentran la comida caliente, la muda limpia, mucho amor en las hermanas y una madre en María Rosa. Abre una escuela gratuita en la Casa de Misericordia, para los niños de los arrabales próximos y, dos años más tarde, se hace cargo de una escuela pública en la ciudad. En 1852 saca el título de maestra y asume la dirección del Hospital de la Santa Cruz, que también atraviesa un momento difícil. Esta es la obra de María Rosa en Tortosa. Tres establecimientos bajo su dirección. Pero le queda por realizar la obra más importante: la fundación de las Hermanas de Ntra. Sra. de la Consolación. Fundada la Congregación, su misión consoladora se extiende por La Plana y el Campo de Tarragona y entramos en el año 1876. María Rosa ha cumplido sesenta y un años. Ha trabajado mucho, ha sufrido en su cuerpo y en su espíritu a lo largo de su vida, consagrada «totalmente al Señor y al consuelo y alivio del necesitado». Padece una grave enfermedad. Siente muy dentro que Dios la llama para unirse definitivamente con Él. Sigue amando entrañablemente a la vida, a sus pobres, a sus enfermos, a sus ancianos, a sus alumnas, a sus hijas... Está en el lecho de muerte. Y, desde el hondón de su alma, sale una frase como grito de plegaria: «¡Déjeme marchar!». Partió de esta tierra. Era el 11 de junio de 1876, domingo de la Santísima Trinidad. Partió, pero está. Vive en Dios y en su Obra.
Nos la describen sin artificio: rostro sereno y apacible; ojos negros, profundos, de mirar sereno y humilde; todo su porte respirando equilibrio. Natural, sencilla y digna. Mujer inteligente y abierta, firme y serena, cariñosa y fuerte. Vacía de sí y dueña de sí. Constructora de paz, de esperanza y de amor. Enamorada de Dios, experimenta en su vida su misericordia y consolación, y se hace un cauce sencillo, pero fecundo, para los hombres necesitados del Dios de la misericordia y el consuelo. Destaca en ella una inquebrantable firmeza de voluntad y una integridad poco común. Ejerce influencia, tiene prestigio. Su fibra temperamental, plenamente encajable entre la fortaleza y la dulzura. Tiene un gran corazón: «A todas horas y en todas las circunstancias acogió su corazón la inquietud, la pena y la amargura del prójimo». Rasgos claros y equilibrio justo. Todo un carácter. Y es que el amor da unidad a su psiquismo. Estas dos constantes —amor a Dios y al prójimo— le dan un equilibrio de persona, una madurez como mujer y una fisonomía propia. Amor, como elemento unificador que nos da, en otro orden de cosas, el carisma de María Rosa. Sólo desde esta angulación puede captarse el mensaje cristiano que aporta a la Iglesia la existencia llena de caridad misericordiosa y consoladora de María Rosa Molas.
Cuando María Rosa Molas da el paso de la fundación del Instituto es una mujer madura. Tiene en su haber, además de una sólida formación cristiana, religiosa y cultural, una fuerte vivencia de Dios. Cuenta, también, con un conocimiento de la situación histórica por la que atraviesa nuestro conflictivo y revolucionario siglo XIX. Antes del paso fundacional hay un periodo de gestación que va de 1852 a 1857. María Rosa tiene que tomar decisiones importantes. Intenta primero normalizar la situación anómala del grupo religioso al que pertenecen ella y sus hermanas de Reus y Tortosa: la Corporación de Caridad de Reus. Fracasado el intento, inicia las gestiones para la fundación del Instituto. Después de consultas y pasos en búsqueda, en discernimiento y en oración, ella será lo que Dios quiere que sea: Fundadora. Largo y doloroso camino hacia esta nueva misión. Pero la guía una indeclinable confianza en Dios y un gran amor a la Iglesia. Su decisión es libre, personal y comunitaria. Su misión le cambia la vida: será Madre, con la potencialidad generativa que Dios le regala, para ensanchar los márgenes de su maternidad espiritual. Mujer de fe, acoge la voluntad de Dios y en el seno de la Madre Iglesia nace una nueva familia religiosa: las Hermanas de Ntra. Sra. de la Consolación. Marzo de 1857. María Rosa redacta una solicitud pidiendo ser admitidas «bajo la obediencia y dirección de la autoridad eclesiástica diocesana». Va firmada por las doce hermanas de las tres comunidades tortosinas. Lleva fecha del 14 de marzo de 1857 y va dirigida al Vicario Capitular y Gobernador eclesiástico de la Diócesis de Tortosa, sede vacante. El primer paso para la fundación del Instituto está dado. Un pensamiento está fijo en ella: seguir fiel a los deseos de la Iglesia. Después dirigirá un comunicado al Ayuntamiento de Tortosa, con fecha del 24 de marzo de 1857. Llegará la respuesta del Vicario Capitular, con el: «Más conforme al espíritu de la Iglesia», el paso dado. Y el 14 de noviembre de 1858, el nombre de Hermanas de Ntra. Sra. de la Consolación: «Nombre que expresa nuestro carisma y sintetiza nuestra misión». Abrirá María Rosa sus primeras fundaciones en el costado oriental de la geografía española, en la diócesis de Tortosa, que entonces comprendía la Plana de Castellón y el Campo de Tarragona. Era la respuesta a un siglo xix español, en fase de cambio y a sus necesidades más apremiantes: hospitales, casas de beneficencia y escuelas. La Congregación se extenderá después por quince países de cuatro continentes. María Rosa Molas —a quien en vida la llamaron «santa» y sus hijas, «espejo de la Congregación»— de ella dijo la Iglesia: «Declaramos y proclamamos Santa a la Beata María Rosa Molas y Vallvé». Santa, palabra que da sello de validez a su modo de vivir el evangelio y de amar a Dios y a los hermanos. Es la mujer sencilla, enamorada de Dios y del hombre, que bajo la obra vivificante del Espíritu fue asimilando el ideal evangélico de vida, que intuyó en los lejanos días de su adolescencia y que, día a día, se le fue descubriendo en más luz, más entrega, mayor exigencia de configuración con Jesucristo. Leal al proyecto de Dios, asimila en el silencio de la oración, en el trabajo y en la caridad de sus gestos diarios, el espíritu de Jesús que encontramos en las páginas del evangelio. Se va enriqueciendo con el paso de su presencia y da a su existencia una respuesta en la fe, la esperanza y la caridad. Subrayamos lo que María Rosa subrayó con la vida: su caridad misericordiosa, su humildad y sencillez, su estilo de vida fraterna, su unión con Dios y su compromiso con los hombres. Necesitamos asomarnos a la profundidad de sus silencios, a la dimensión teologal de su amor a Dios y a los hombres. Conectar con lo más personal de María Rosa, porque es posible encontrarnos con ella y mirarnos en su espíritu como lo hicieron las hermanas y las personas que compartieron con ella jirones de su vida. Su vida hoy, es una voz profética, sencilla y transparente, dirigida a nuestro mundo globalizado, a la secularización de nuestra hora, a la increencia, al escepticismo o al individualismo egoísta, que se pasea por las calles de nuestros pueblos y ciudades. Voz firme, llena de humanismo y santidad, que anuncia que es posible el vislumbre de otra aurora,. María Rosa, desde la cátedra de la vida nos da la gran lección hecha consolación. Vida que, como dijo Juan Pablo II: «trascurrida haciendo el bien, se traduce para el hombre de su tiempo. y para el hombre de nuestra generación, en un mensaje de consolación y de esperanza». Texto: María Esperanza Casaus Dim lights |