Página Principal ¿Quiénes somos? CONSOLAD, CONSOLAD A MI PUEBLO
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Nos acercamos al carisma de las Hermanas de la Consolación.Y buscamos, entre las nieblas de los siglos, un punto de luz. Es un pasaje de Isaías, maravilloso como todo este libro sagrado: «¡Consolad, consolad a mi pueblo!, dice vuestro Dios» (Is 40,1)

Esta voz tomó cuerpo en boca del profeta. Y el profeta «habló al corazón del hombre», le recordó una alianza de misericordia y preparó el camino para la llegada de Yahvé. «Hablar al corazón», para que sea Yahvé el que hable. «Trazar en la estepa una calzada recta», para cuando Él llegue. Esta fue la misión del profeta de la consolación de Dios. Y el heraldo, subido a una montaña alta, clamó con voz poderosa: «¡Ahí viene el Señor Yahvé!». Y la voz seguía resonando en el mundo: «Yo, yo soy tu Consolador». «Te consolará Aquel que te dio nombre». «Como uno a quien su madre consuela así os consolaré yo y en Jerusalén seréis consolados.



La voz del heraldo atravesó la historia y se hizo realidad en Jesús, «el gran Consolador». Cruzó los caminos de la tierra. Pobreza y miseria, dolor y angustia en ellos. Enjugó toda lágrima y las recogió en el odre de su corazón de Dios. A su paso se cumplieron las palabras de la vieja esperanza: curó, animó, perdonó, consoló… Y Jesús se subió a un pequeño monte y llamó «bienaventurados a los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia y a los que lloran, porque serán consolados». Muchos siglos después, María Rosa Molas, escuchó estas palabras en el hondón del alma. Y parece que hoy, como ayer, nos dice que consolar es caminar sobre las huellas calientes de Jesús, como memoria religiosa que llega hasta las vidas de los hombres. Es repetir sus gestos y palabras, enjugar toda lágrima, llevarle el mensaje consolador de que Dios es Padre y nos ama. Es hacer nuestros los sentimientos de Jesús, que nos dejó, en las páginas del evangelio, un camino de consolación. María Rosa Molas marcó un estilo en ese camino de consolación. Y consolar es: Preparar el camino a Dios, pero sabiendo que es Él mismo quien traza los caminos en las soledades del desierto de la vida y en las soledades del corazón del hombre. «Hablar al corazón» del hombre en nombre de Dios. Colaborar con Dios en cada hora de la historia, desde actitudes de bondad, amor, sencillez y servicio desinteresado y comprometido.

El camino de la consolación nace donde brota el hontanar del amor de Dios al hombre. Camino que podemos hacer cada día «al andar». Camino sencillo, que espera los pasos de itinerantes comprometidos. Camino que, a lo largo y ancho, nos lleva a hacer realidad el deseo de Dios: «¡Consolad, consolad a mi pueblo!». Desde la misericordia de Dios bebida en su fuente, el carisma consolador nos llama: A descubrir al hombre en sus limitaciones y en su dignidad, en sus aspiraciones y en su misterio de hijo de Dios. A salir por los caminos del mundo, buscando a «los que lloran», a los cojos-mancos-lisiados de los nuevos tiempos. Todo ello es realizado y realizable desde la misma vida de Dios en nosotros. Vida de Dios que llega, cada día a nuestra existencia, como la gran aventura del amor y se hace consola­ción.

A llevar a cualquier persona que nos necesite, un reflejo del rostro materno de Dios. A ser un grito de esperanza para todos los que sufren, para todos los que esperan… A llevarles, sea cual sea su edad, condición social, enfermedad o pobreza, el servicio que necesitan. Que con el testimonio de nuestra vida les hablemos de un Dios que es amor, porque el grito de Dios: «¡Consolad, consolad a mi pueblo!», ha calado en nuestro corazón.

Consolar es sentir la urgencia de poner en pie los valores del evangelio y derramar la única palabra y el único gesto: la consolación de Dios al hombre, con un «plus» de humanidad, acercándonos a los pobres de hoy, los que, tal vez, viven sin Dios. Sembrando bondad, con amor, fe y esperanza… podemos ser transparencia del «Dios de toda consolación». Porque nos dice Juan Pablo II: «Nuestro mundo necesita la consolación de Dios; esta hora necesita profetas que hablen al corazón del hombre».


Texto: María Esperanza Casaus

 

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