| VIDA FRATERNA |
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![]() No hace mucho escuché esta frase: “Hemos de procurar construir en nuestras comunidades auténticas fraternidades, donde busquemos y potenciemos siempre lo que nos une y restemos importancia a las diferencias, que ante todo, nos enriquece”.
Trabajar por esta fraternidad es uno de los retos primordiales del noviciado. Aprender a vivir, no como conocidas o amigas, ni siquiera como compañeras, sino como hermanas unidas por el Señor para profesar la caridad. Este camino hacia una fraternidad cada vez más parecida a la comunidad de Jesús requiere por parte de todas: apertura, humildad, transparencia, diálogo, búsqueda del bien común antes que del particular y, sobre todo, un empeño sincero por encontrar la voluntad de Dios, porque como dice Jesús: son mis hermanos los que cumplen la voluntad de mi Padre.
Es hermoso ver compartir vida a las comunidades donde las hermanas son de distintas culturas, generaciones y criterios; cómo no, con dificultades y obstáculos, con diálogos no siempre fáciles (nadie dijo que lo fueran) pero con la convicción de que todas buscamos la “Gloria de Dios y el bien del prójimo, nada para nosotras”. Os invito a dar un paso más, no hacia delante, sino en profundidad, hacia dentro, tratando de cambiar nuestra mirada (algo que no está de moda en una sociedad donde sólo cuenta lo que se ve, lo superficial). Es importante que no quede la vida fraterna como una simple convivencia de mujeres que comparten su llamada a seguir a Jesucristo en pobreza, castidad y obediencia. Para comprender el fundamento, la esencia de la vida en comunidad, hay que sumergirse más hondo. Cada hermana de la Consolación realiza en una comunidad concreta el compromiso de su consagración, esto es, necesitamos de las hermanas para vivir plenamente nuestra entrega al Señor. La vida fraterna es escuela para la persona consagrada pues en la comunidad comienza a vivir y va completando su consagración, que quedaría como incompleta sin esta dimensión fundamental de nuestra vida. Por último, aunque no menos importante, destacar que la comunidad tiene una marcada dimensión profética: es posible vivir como hermanas, es posible renunciar y dejar a un lado lo que nos divide para favorecer lo que nos une como hijos e hijas de un mismo Padre, es posible comenzar a dilatar el Reino que ya está dentro de cada una reconociendo en la otra, una hermana por quien el Señor Jesús dio su vida. Es posible y Dios así lo quiere. |



